Narra el periodista argentino Andrés Oppenheimer en su reciente libro Basta de historias que cuando entrevistó al magnate y filántropo digital Bill Gates, este le dijo: "A Latinoamérica le falta una dosis de humildad para darse cuenta de cuál es la verdadera posición de sus grandes universidades y centros de investigación en el contexto mundial... Los gobiernos latinoamericanos no solo alardean de sus logros en el campo educativo y científico, sino que la gente parece convencida de la competitividad de sus universidades".
Según Bill Gates, pues, los problemas de la educación superior en América Latina son tres. El primero, que es deficiente; el segundo, que falta humildad para reconocer que es deficiente, y el tercero, que nos hemos creído el cuento de que la educación tiene buen nivel. Oppenheimer agrega un elemento más: la educación superior latinoamericana está enfocada hacia las humanidades, la ideología y el pasado, en vez de orientarse hacia las necesidades de la sociedad y sus pragmáticas soluciones. El precio de este despiste es atraso e injusticia social.
Muchas estadísticas acuden en auxilio de esta hipótesis. Algunas las ofrece la investigación de Oppenheimer, que lo llevó a viajar durante cinco años por cuatro continentes y comparar a fondo los sistemas de enseñanza de nuestros países y otros que registran impresionantes logros educativos. Por ejemplo: el 57 por ciento de los universitarios latinoamericanos están matriculados en carreras humanísticas -derecho, sociología, historia, literatura, etc.- y solo el 16 por ciento, en estudios tecnológicos. En contraste, en las universidades chinas hay más de 1 millón 200 mil alumnos de ingeniería y solo 16.300 de historia y 1.520 de filosofía.
Esto ocurre en un mundo trimilenario, donde las materias primas representan solo el 4 por ciento del producto bruto mundial (llegó a ser el 30 por ciento en 1960) y el sector servicios, que hace 50 años generaba menos que las materias primas, hoy alcanza al 68 por ciento del Producto. Es una situación enteramente nueva, que exige respuestas nuevas. América Latina, sin embargo, no parece tenerlas.
¿Y Colombia? Tampoco, pese a los esfuerzos realizados en los últimos tiempos. La cobertura es un problema grave. Aunque hay 11,3 millones de niños escolarizados, más de un millón permanecen por fuera del sistema. La educación media y secundaria ofrece buen cubrimiento, pero la superior acusa un descenso del 20 por ciento.
Otro problema es la deserción escolar: 4 de cada 10 estudiantes dejan el sistema educativo sin llegar a niveles medios, y en el nivel tecnológico profesional se registra un 60 por ciento de abandono. De allí que haya 4.800 doctorados en el país, cuando debería haber 40.000. La calidad es otro obstáculo. En pruebas como el Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes (Pisa), los latinoamericanos ocupan los últimos lugares. Esa misma prueba señala que el 47 por ciento de los estudiantes colombianos de 15 años no alcanzan el nivel mínimo de lectura aconsejable.
En medio del desolador panorama, Oppenheimer trae una buena noticia: es posible hacer cosas "concretas y relativamente fáciles" para reducir el atraso. Él propone doce "claves del progreso", que, en suma, plantean aumentar la inversión en el sector, formar buenos maestros y reconocer su importancia en la sociedad, romper el aislamiento educativo y tecnológico y, en fin, hacer de la educación un propósito colectivo, nacional y familiar.
Esta última es, sin duda, la clave fundamental que debería fijarse Colombia: la educación como motor del cambio y meta prioritaria.
Atentamente, Dario Olaya - Coordinador Académico
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